sábado, 19 de abril de 2008

El país que ahora somos.

Cada día; más bien cada tarde; cuando salgo del hospital donde trabajo paso entre dos cúmulos de basura. No son vigilantes aunque cercan una casilla que tal vez se presupuestó alguna vez como garita para resguardar el “pabellón militar” que mira hacia esa salida.

Cada mañana el trafago y la angustia que significa dejar a mi hijo de ocho años, lagañoso y friolento, en clase de siete no me deja verlos, ni pensar. Es que a esa hora tengo apuro porque mis usuarios (y usuarias) me esperan y no quiero llegar tarde, convencido de que al menos en mi puesto de trabajo no hay por qué esclavizar a un cubano. Yo sirvo a mi país, a mi ciudad, a mi gente.

Pero cuando vuelvo a casa lo hago con paso lento, oyendo radio nacional de Venezuela y pensando en el pueblo que ahora somos. O mejor, que hemos vuelto a ser. No se que pasó, pero de alguna manera, después de habernos encontrado un 23 de enero y habernos perdido en los primeros días de la Venezuela Saudita, hace unos quince años, me pareció que nos habíamos vuelto a encontrar. Hoy me doy cuenta que apenas entrábamos en la versión de país más bizarra que jamás hayamos sido desde que se burlaron de nuestros palafitos y nos pusieron este nombre de arrabal portuario que desde entonces somos.

Creo que aquella primera vez cuando el presidente del máximo órgano electoral en cadena nacional se burló de un candidato opositor y además apoyó la elaboración de un listado de ciudadanos con el único fin de excluirlos de cualquier actividad relacionada con los actos de gobierno, fue el momento preciso en que exclamé ¡ahora si se jodió esta vaina! como cualquier viejo de plaza. El hijo de un mártir asesinado por el cinismo se había convertido en un cínico mayor que los verdugos de su padre. Tuve una revelación.

Nos hemos vuelto cobardes e interesados. Nada más, nada menos. Lo que un día fue ignorancia y deshonra hoy se nos hace costumbre y nos marca cada hora de tristeza y frustración. Perdimos sueños y pundonor. Apenas ganamos ojo para los guisos y gusto por la comida exótica. Más nada.

Esta semana que pasó no es sino una confirmación. Muerte y destrucción en Venezuela y otra vez un gobierno sin hombres sino machos territoriales que se excitan ante la presencia del que más mea. Una cuenta más en la revolución de los idiotas. Esos que también somos

Ojalá y este banquete sea más corto que el de la Venezuela de Pérez I. Al menos cuando no hay dinero somos menos proclives a la sin razón.

Rezo cada noche por el alma de mi padre. Lo sueño amargado buscando un fósforo para otro cigarrillo y otra grosería, pues ya no sabe de que otra manera evitarnos su odio, el mismo de todos nuestros padres. A veces trato de explicarle que son los corruptos de siempre, los “rolo e´vivos”, los mujiquita y los Ño Pernalete.
Desde el páramo donde quedó enterrado su espíritu me grita: No seas pendejo, estos son peores.

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