El 2002, año de la salud mental.
(Hugo y nosotros...)
Siento respeto por el almanaque venezolano. Si hay algo que nos define a lo largo de nuestra historia republicana es ese papelote de exacta imprenta que había sido reducido a las bodegas más pobres de nuestros barrios y que la economía informal nos ha devuelto de manera aluvial, como todo lo suyo. Por cosas del desorden conservo el del año 2002. Allí, con seguridad, se declara el siete de abril como día mundial de la salud; en cambio el de la salud mental no aparece. Sin embargo, en lo que a nuestro país se refiere, pudo haber sido cualquier día de aquel abril y por tanto, convengamos que todo aquel año fué un retrato de nuestro inconsciente colectivo.
Ese fatídico año se hizo tal pues con la traición del Carmonazo quedarán para siempre trastocadas y manipulables nuestras mejores intenciones de movimiento verdaderamente popular e inclusivo, para dividirnos desde entonces vertical y extremosamente. El 2002 comenzó al sonar su pito el muchacho de Sabaneta durante la emisión número 100 del mejor programa maratónico de la televisión venezolana. Para todos, esto es lo único claro que tenemos; el resto de los sucesos apenas podrían ser ideas delirantes de nuestro pensamiento escindido y francamente paranoide. Cada cual repite su propia verdad pero nadie aventura la posibilidad de que las cosas ocurrieron tal y como se nos presentaron; Que lo real-real es la crisis gestada por el desencuentro entre la Venezuela del pasado, con sus métodos primitivos de convivencia violenta y la Venezuela de la Paz, soñada desde el alzamiento de los Comuneros hacia finales del siglo XVIII.
Las explicaciones individuales servirán para encontrar responsables de la muerte, el saqueo y la estupidez, pero no para comprender que lo que sigue estando en juego es nuestra idea de nación, de cuerpo republicano.
II
Conozco una teoría mejor que la de los Poleo para explicar La Carmonada. La conspiración parece haber sido armada por Peña, no el alcalde (para manipular conciencias hace falta más de un cursito de Hágase Revolucionario en 15 días) sino el argentino productor de Sábado Sensacional. Esta hipótesis conviene en que lo subliminal de la portada de la revista Exceso de aquel abril y el apresuramiento de la Ley de Telecomunicaciones presentada por los ingenieros Cabello y Chacón, fueron los primeros pasos de la confrontación y asegura que Ceresole comparte genes con la genialidad que parió “la guerra de los sexos”; de allí la inquina y la batalla en las pantallas de nuestros televisores.
¿El motivo para tamaña insania? Todos lo sabemos: ¡el Rating! Las mediciones de audiencia del programa “Aló, Presidente” habían llegado a la estratosfera, impulsados por el recurso que nadie había pensado explorar en un reality show: El Terrorismo Cómico. El corto segmento de la población que siente repugnancia por el “Acorazado de los Sábados” no tenía hacia donde fluir hasta que algún fanático (o Taliban, la semiótica de CNN los ha convertido en metáfora) con lengua sibilina sugirió pasar a Cadena Nacional mientras el presidente manejaba durante dos horas una retro excavadora o lanzaba la primera bola en Yankee Stadium o se iba de campechano con la Reina de Inglaterra u otro “mandatario amigo”. Así, enganchado el gusto del televidente con la envidia que da no trabajar, sino vivir realizando nuestros deseos más íntimos, todos quedamos hipnotizados por la redundante histeria y narcisismo de nuestro presidente y artista exclusivo de VTV. Quien conoce aunque sea un poco de mecánica de fluidos sabrá suponer como fue que los pocos se hicieron demasiados y la amenaza de perder el Share era inminente. Negociadores de alto nivel lograron pasar para los domingos el programa presidencial pero entonces ya los productores de Venevisión estaban cebados.
Chávez había calado más profundo que Amador, Gilberto y Daniel juntos.
III
Había llegado a tal grado la identificación proyectiva de las masas en el presidente que, cuando botó a los empleados de PDVSA, todos nos sentimos rechazados por el padre totémico que los medios de comunicación nos habían construido después de cuatro décadas de gobiernos socialistoides pastoreados de la generación del 28.
Nuestro Súper-Yo colectivo había estado sufriendo terribles tensiones, debatiéndose entre la fascinación por los actos perversos que se nos representaban en nuestra conciencia y la decencia ética que años de guerra nos han legado. Fuimos presa fácil del pánico cuando el constante recuerdo de Zamora y del trauma que nos significó la guerra Federal con su secuela de guerritas que duraron hasta casi finales del siglo pasado (la guerrilla sesentosa, tuya y de Ali y de tanta gente decente y honesta pero muy alzada) hizo inmanejable en nuestro inconsciente la rabia de un pueblo eternamente excluido y excluyente, destapando una vez más nuestra violencia.
Tristemente todos convinimos en aceptar que la sangre, otra vez, debía teñir con fuerza las aguas del río Catuche.
IV
La crisis psicótica no se hizo esperar y ya dura años, nadie sabe que pasó pero todo el mundo anda arrecho. Somos un país esquizofrénico donde las elites, llamadas a ser la conciencia de realidad de la nación, no pasan de ser mafias bien organizadas donde “el vil egoísmo” triunfa una y otra vez. Mientras el país se desmorona sus Universidades apenas saben producir una clase que sólo piensa en 15 y último y en el resuelve del bono adeudado, pero es incapaz de rechazar de sus filas a quienes atentan contra su autonomía de hecho o de cohecho, con un niple o con Vebonos.
Desde aquel abril, el resto de la clase media que ayer con rabia votó por Chávez, pidió con el ánimo que deja el desengaño, la muerte del amante burlador. Este, como en tantos hogares venezolanos no ha sabido responderle sino a los coñazos. La violencia sigue siendo el arma de nuestras sinrazones y con ello nos reconocemos miembros del reino animal, más nada.
Ojalá y a esta crisis no siga la depresión colectiva como en aquel abril. Después de expulsado el monstruo perseguidor que no vuelva su mismo envés de padre dadivoso y fantaseado, como autoridad reconocida que cada mañana tranquiliza nuestra ansiedad de hijos adultos pero subsidiados. Que no vuelva otra vez al gobierno la cofradía de los primogénitos. Que no se repitan aquellos herederos de la tradición del mayorazgo español, consentidos y malcriados por un país que jamás ha terminado de ponerles coto. Un grupúsculo que, sin pensarlo, asaltó el set de “Aló, Presidente” como si Chávez fuera Gilberto Correa y en vez de un especial de despedida nos quisieron lanzar un contrato leonino como si ya no existiera la televisión interactiva. (Esta última parte le da más valor a la Teoría de la conspiración del Rating pues la planificación llegaba sólo hasta sacar a Chávez de la Parilla Televisiva. Lo demás quedó sin libreto).
En medio de nuestra negación, generada por el duelo de los muertos de abril 11, estos sociopatas se olvidaron de nosotros, los neurotizados por la idea ambivalente del mar de la felicidad cubana, y nos birlaron nuestro éxito así como traicionaron al mismísimo presidente Chávez, después que oyó sus quejas y devaluó la moneda en un país con sueldo mínimo de 200 dólares, donde la mayoría trabaja a medio tiempo, cuando no es explotada por los distribuidores de mercancías de autopista.
Esta elite de empresarios ricos con empresas arruinadas, demostró en 24 horas ser tan estúpida como cualquiera de sus antecesores en el poder. Ni siquiera fueron capaces de invitar al acto fundacional de su bochinche a los vecinos de la cuadra. Sólo la familia y los más íntimos, “muy en petit comité” como diría Ramón Darío Castillo. Se les quedó la Champaña fría, no saben que lo importante en cualquier vernissage oficial es conocer al mesonero. Con cada grito de “¡¡fuera!!” remedaban payaserías por toda Venezuela rechazadas; Les duró poco el gusto porque las defensas maníacas son sólo eso: pajas mentales y ya sabemos que por muy brillante, ninguna mente puede contra un cañón bien aceitado. Y aquí coinciden calcados ambos grupúsculos pues mientras los del gobierno de Carmona nos censuraban nuestro derecho a la información, los otros completaban la versión más maléfica del Plan Ávila, lanzado por Tiburón 1 al grito de “maldito el soldado que enfile sus armas contra su propio pueblo.”
V
No hay contradicción en nosotros los actores de ese “año de abril”. Primero porque en el inconsciente no hay tiempo y no hay espacio y las dinámicas no se suceden sino que son per se y segundo porque, a pesar de todo, la mayoría de nosotros es lo suficientemente neurótico como para dudar en matar a su vecino de los últimos cuarenta y tres años. La muerte ocurre en el otro, pero el asesinato es la representación más clara de la psicosis. Por eso no nos terminamos matando. Porque al final Maduro es cualquier operador de Metro con ínfulas de salvapatria (como tu, como yo, como Chávez) y Pérez Recao seguro que también, aunque con los reales de una familia que está metida en la pomada desde hace mucho y no quiere darle un campito a los Flores o los Isturiz, básicamente porque no los conocen, por que no han comprado la acción, por más nada...
Después el año fue de coincidencia entre fecha patria y pena ajena. Una semana después de la fiesta de sangre e ilusión volvimos a ser nosotros. El ciudadano Leopoldo Castillo volvió a su propio estilo y la gente comenzó a dar explicaciones y a negociar los muertos, para no perder una costumbre inveterada de un país con más guerras que constituciones. Ya nos acostumbramos hasta a los muertos.
VI
La Organización Mundial de la Salud define la salud mental como “la capacidad de ser feliz y hacer felices a quienes nos rodean”. La felicidad de nuestra nación pareciera estar en la suma de diversidades que somos y no en el empeño autoritario ancestralmente instalado en nuestras cúpulas. Una nación como la nuestra es imposible de uniformar, ni siquiera con chalecos antibalas. En la costa la gente los llevaría sin camisa y en los páramos andinos con suéter y sombrero. En el Llano es más difícil de imaginar, la referencia es Hugo Rafael y ya hemos visto su gusto por la ropa deportiva.
Termino como diría el único negrito del acto de Carmona Estanga: Es todo.
sábado, 19 de abril de 2008
El país que ahora somos.
Cada día; más bien cada tarde; cuando salgo del hospital donde trabajo paso entre dos cúmulos de basura. No son vigilantes aunque cercan una casilla que tal vez se presupuestó alguna vez como garita para resguardar el “pabellón militar” que mira hacia esa salida.
Cada mañana el trafago y la angustia que significa dejar a mi hijo de ocho años, lagañoso y friolento, en clase de siete no me deja verlos, ni pensar. Es que a esa hora tengo apuro porque mis usuarios (y usuarias) me esperan y no quiero llegar tarde, convencido de que al menos en mi puesto de trabajo no hay por qué esclavizar a un cubano. Yo sirvo a mi país, a mi ciudad, a mi gente.
Pero cuando vuelvo a casa lo hago con paso lento, oyendo radio nacional de Venezuela y pensando en el pueblo que ahora somos. O mejor, que hemos vuelto a ser. No se que pasó, pero de alguna manera, después de habernos encontrado un 23 de enero y habernos perdido en los primeros días de la Venezuela Saudita, hace unos quince años, me pareció que nos habíamos vuelto a encontrar. Hoy me doy cuenta que apenas entrábamos en la versión de país más bizarra que jamás hayamos sido desde que se burlaron de nuestros palafitos y nos pusieron este nombre de arrabal portuario que desde entonces somos.
Creo que aquella primera vez cuando el presidente del máximo órgano electoral en cadena nacional se burló de un candidato opositor y además apoyó la elaboración de un listado de ciudadanos con el único fin de excluirlos de cualquier actividad relacionada con los actos de gobierno, fue el momento preciso en que exclamé ¡ahora si se jodió esta vaina! como cualquier viejo de plaza. El hijo de un mártir asesinado por el cinismo se había convertido en un cínico mayor que los verdugos de su padre. Tuve una revelación.
Nos hemos vuelto cobardes e interesados. Nada más, nada menos. Lo que un día fue ignorancia y deshonra hoy se nos hace costumbre y nos marca cada hora de tristeza y frustración. Perdimos sueños y pundonor. Apenas ganamos ojo para los guisos y gusto por la comida exótica. Más nada.
Esta semana que pasó no es sino una confirmación. Muerte y destrucción en Venezuela y otra vez un gobierno sin hombres sino machos territoriales que se excitan ante la presencia del que más mea. Una cuenta más en la revolución de los idiotas. Esos que también somos
Ojalá y este banquete sea más corto que el de la Venezuela de Pérez I. Al menos cuando no hay dinero somos menos proclives a la sin razón.
Rezo cada noche por el alma de mi padre. Lo sueño amargado buscando un fósforo para otro cigarrillo y otra grosería, pues ya no sabe de que otra manera evitarnos su odio, el mismo de todos nuestros padres. A veces trato de explicarle que son los corruptos de siempre, los “rolo e´vivos”, los mujiquita y los Ño Pernalete.
Desde el páramo donde quedó enterrado su espíritu me grita: No seas pendejo, estos son peores.
Cada mañana el trafago y la angustia que significa dejar a mi hijo de ocho años, lagañoso y friolento, en clase de siete no me deja verlos, ni pensar. Es que a esa hora tengo apuro porque mis usuarios (y usuarias) me esperan y no quiero llegar tarde, convencido de que al menos en mi puesto de trabajo no hay por qué esclavizar a un cubano. Yo sirvo a mi país, a mi ciudad, a mi gente.
Pero cuando vuelvo a casa lo hago con paso lento, oyendo radio nacional de Venezuela y pensando en el pueblo que ahora somos. O mejor, que hemos vuelto a ser. No se que pasó, pero de alguna manera, después de habernos encontrado un 23 de enero y habernos perdido en los primeros días de la Venezuela Saudita, hace unos quince años, me pareció que nos habíamos vuelto a encontrar. Hoy me doy cuenta que apenas entrábamos en la versión de país más bizarra que jamás hayamos sido desde que se burlaron de nuestros palafitos y nos pusieron este nombre de arrabal portuario que desde entonces somos.
Creo que aquella primera vez cuando el presidente del máximo órgano electoral en cadena nacional se burló de un candidato opositor y además apoyó la elaboración de un listado de ciudadanos con el único fin de excluirlos de cualquier actividad relacionada con los actos de gobierno, fue el momento preciso en que exclamé ¡ahora si se jodió esta vaina! como cualquier viejo de plaza. El hijo de un mártir asesinado por el cinismo se había convertido en un cínico mayor que los verdugos de su padre. Tuve una revelación.
Nos hemos vuelto cobardes e interesados. Nada más, nada menos. Lo que un día fue ignorancia y deshonra hoy se nos hace costumbre y nos marca cada hora de tristeza y frustración. Perdimos sueños y pundonor. Apenas ganamos ojo para los guisos y gusto por la comida exótica. Más nada.
Esta semana que pasó no es sino una confirmación. Muerte y destrucción en Venezuela y otra vez un gobierno sin hombres sino machos territoriales que se excitan ante la presencia del que más mea. Una cuenta más en la revolución de los idiotas. Esos que también somos
Ojalá y este banquete sea más corto que el de la Venezuela de Pérez I. Al menos cuando no hay dinero somos menos proclives a la sin razón.
Rezo cada noche por el alma de mi padre. Lo sueño amargado buscando un fósforo para otro cigarrillo y otra grosería, pues ya no sabe de que otra manera evitarnos su odio, el mismo de todos nuestros padres. A veces trato de explicarle que son los corruptos de siempre, los “rolo e´vivos”, los mujiquita y los Ño Pernalete.
Desde el páramo donde quedó enterrado su espíritu me grita: No seas pendejo, estos son peores.
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